Jueves, 10 de febrero de 2005
- ¿Usted es Jon Idígoras, verdad?
- Sí, soy yo.
- ¿Me permite sentarme a su lado?
La sonrisa dle joven que pregunta no deja lugar a dudas al dirigente de Herri Bastasuna.
- Sí, sí, por supuesto.
- ¿Le importa ponerse al lado de la ventana?
- Bueno, no no; ya me pongo.
Estamos en el autobús que lleva de Bilbao a San Sebastián, en pleno mes de julio y con un calor sofocante, el propio de algunos días de ese mes en todo el PAís Vasco. Un joven y valiente guipuzcuano ha identificada a Jon Idígoras en uno de los autobuses que a cada hora unen Bilbao con San Sebastián y decide sentarse a su lado para comentarle algunas cosas que tiene especial interés en que las escuche el dirigente batasuno.
[..]
El caso es que Idígoras había picado hasta tal punto el sueñuelo que le ofrecía aquel joven, que pensó por un momento que estaba ante un admirador. En su vanidosa turbación no se percató de que al cambiarle de asiento tenía una escapatoria muchísimo más complicada en el caso de que decidiera cortar con la conversación que le agurdaba. Motivos para huir no le iban a faltar.
-¿Qué te creías, que te iba a pedir un autógrafo? Pues no.
El joven recibe a Idígoras a portagayola, como corresponde a un valiente ante alguien entendido en toros. Idígoras no sabe cómo pasar de la sonrisa a la estupefacción.
- Pues mira, yo quería decirte que me parece un horror que tengáis secuestrado a Julio Iglesias Zamora, que eso es torturar a alguien para luego sacarle el dinero. Un asco.
- Bueno pero tú eres un cachorro de Blas Piñar, un pijo, un donostiarra de postal - acertó a devolver Idígoras.
LA conversación transcurría en estos términos durante varios minutos, ante la admiración de resto de viajeros, en absoluto acostumbrados a un espectáculo de estas características, desde luego sin precedentes, en el que un joven era capaz de plantarle cara a semejante individuo, para muchos la encarnación del mal. Cuando aquella charla inédita ya estaba a punto de concluir y después de varios puyazos de la misma envergadura, el joven valiente guipuzcuano le dio la puntilla:
- Te quiero decir una cosa: como algún día le pase algo a alguien de mi familia, e juro que te pego cuatro tiros.
- Tú no tienes cojones para pegarme a mí cuatro tiros.
- ¡Ah!, ¿para pegarle a alguien cuatro tiros por la espalda hace falta cojones?
- Pues claro que hace faltar valor.
- No, mira: cojones hacen falta para madrugar, para levantarse todos los días a las siete de la mañana, para trabajar y pagarse la hipoteca de un piso durante veinte años: para eso sí que hace falta valor.
¡Arriba Euskadi! - José María Calleja - Booket
Por: Alberto González | General | Comentarios (3) | Referencias (0)
a ver si Pinto lee esto q ultimamente esta hecho un exaltador y no para de hacer apologia del terrorismo. Un dia saldre a la calle a meter tiros y dire q lo hice porq estaba en guerra porq la gente me miraba mal y por eso me puse en guerra con ellos xD y luego dire q soy preso politico.
TriPiTaKa | 13-02-2005 20:14:54
TriPiTaKa | 13-02-2005 20:16:26
La historia que escribes llama poderosamente la atención, por lo inusual. Y creo que precisamente por eso sigue ahí el terrorismo. Como siguen ahí otros tantos problemas sociales. Si a quien maltrata a su mujer le pusieran a caldo por la calle, un número suficiente de vecinos, de familiares o de amigos... si en las tiendas en las que se venden productos fabricados por esclavos los ciudadanos montáramos escándalos un día sí y otro también, esas cosas cambiarían.
Creo que subestimamos el poder de la denuncia pública ciudadana. Las leyes y los policías pueden ayudar, pero la gente no deja de hacer las cosas por miedo a la lejana ley, sino por falta de aceptación social. ¿Cuanta gente se salta las normas de tráfico, arriesgando su vida y las de otros... y cuánta gente escupe en el autobús? ¿Es acaso porque está más penado esto último?
noticias-blog | 01-04-2005 13:18:26